domingo, 14 de agosto de 2011

Un Regalo De Dios


Un día cuando era estudiante del primer año en la escuela de enseñanza media, vi un muchacho de mi clase camino a casa de la escuela. Se llamaba Kyle. Pareciera que llevara todo sus libros, y pensé, ¿Por qué alguien va a llevar a casa todos sus libros en un día viernes?


Realmente debe ser uno de esos tontos que pasan estudiando.

Yo tenía todo mi fin de semana planeado (fiestas, un partido de fútbol americano con mis amigos mañana en la tarde), así que encogí mis hombros y seguí adelante.

Mientras caminaba, vi otros muchachos corriendo hacia él. Corrían a él botándole todos sus libros de las manos y haciéndolo tropezar cayendo al suelo. Sus lentes salieron volando y vi que cayeron en el pasto como a tres metros de él. Él miró hacia arriba y vi una terrible tristeza en sus ojos. Mi corazón se compadeció de él así que troté donde estaba, mientras él gateaba buscando sus lentes, vi lágrimas en sus ojos.

Mientras le pasaba los lentes, le dije, - Esos muchachos son unos tarados. Realmente deberían hacer algo mejor en sus vidas.

Él me miró y me dijo, - ¡Hey gracias! Había una gran sonrisa en su cara.

Era una de esas sonrisas que demuestra una verdadera gratitud. Le ayudé a recoger los libros, y le pregunté donde vivía. Resultaba que el vivía cerca de mi casa, así que le pregunté por que nunca lo había visto antes. Me dijo que antes había asistido a una escuela privada. Yo nunca me había juntado con un muchacho de una escuela privada antes.

Conversamos todo el camino a casa y llevaba sus libros. Él resultó ser un muchacho muy simpático. Le pregunté si quería ir a jugar fútbol americano conmigo y mis amigos este sábado. Me dijo que sí.

Nos juntamos todo el fin de semana y mientras más lo llegaba a conocer más bien me caía. Y mis amigos pensaron lo mismo de él. Llegó la mañana del día lunes y ahí estaba Kyle con su montón de libros de nuevo. Me detuve y le dije ¡Pues hombre realmente vas a sacar serios músculos con esta pila de libros todos los días! Él solo se rió y me pasó la mitad de los libros.

En los próximos cuatro años, Kyle y yo llegamos a ser buenos amigos. Cuando éramos alumnos del último año, empezamos a pensar en la universidad. Kyle decidió ir a Georgetown y yo iba a ir a Duke. Sabía que siempre íbamos a ser amigos, que las millas nunca serían un problema. Él iba a ser doctor y yo iba por negocios en una beca de fútbol americano.

Kyle era el alumno que a fin de año dice el discurso de despedida. Lo bromeaba todo el tiempo por ser un tonto estudioso. Él tenía que preparar el discurso de graduación.

Estaba contento que no tenía que ser yo el que debía pararme allá arriba y hablar.

En el día de la Graduación, vi a kyle. Se veía muy bien Él era uno de esos muchachos que realmente se encontró a sí mismo durante los cuatro años de enseñanza media. Echó cuerpo y se veía bien con lentes. ¡Él tenía más citas que yo y todas las muchachas lo querían!

Pues habían veces que me ponía celoso. Hoy era uno de esos días. Pude ver que estaba nervioso por su discurso. Así que le di una palmada en la espalda y le dije, Hey gran muchacho, ¡Te va a ir bien! Me miró con una de esas miradas (esas de profundo agradecimiento) y sonrió. – Gracias, me dijo.

Al comenzar su discurso, aclaró su garganta, y empezó.

- Graduación es la hora de agradecer a aquellos que te han ayudado a pasar a través de estos cuatro duros años. Tus padres, tus profesores, tus hermanos, tal vez un entrenador… pero principalmente tus amigos. Estoy aquí diciéndoles a todos ustedes que el ser un amigo de alguien es el mejor regalo que pueden darles. Les voy a contar una historia...

Sólo miré a mi amigo con incredulidad de cómo contaba la historia del primer día que nos conocimos. Él había planeado suicidarse ese fin de semana. Relató cómo limpió su casillero para evitar que su madre tuviera que hacerlo luego y llevaba todas sus cosas a casa. Habló acerca de la depresión que lo aquejaba por aquellos días y como un amigo le salvó la vida al tenderle la mano. Me miró con sus ojos llenos de lágrimas y en ese momento pude comprender la profundidad de su agradecimiento. 
Vi a su mamá y a su papá mirándome y sonriendo la misma sonrisa de agradecimiento. Nunca hasta ese momento había notado la importancia de un acto tan simple...

Nunca menosprecies el poder de tus acciones. Con un pequeño gesto puedes cambiar la vida de una persona; para mejor o peor. Dios nos puso a todos en una vida mutua para impactarnos el uno al otro en alguna manera. Mira a Dios en otros.

¡Cada día es un regalo de Dios! No te olvides de decir, ¡Gracias!

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